10 de enero de 2008

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-Buenas Noches- dijo el conductor mientras me subía al taxi. -Buenas noches- contesté yo. Después de eso nada... Ni un sonido durante el camino. Las platicas con desconocidos me ponen nerviosa, pero probablemente los silencios lo logren más rápido. No tardo en voltear a la ventana, apenas se ve a través del vidrio y las luces de afuera no ayudan mucho. Junto a la Iglesia, alcanzo a ver a la señora que vende quesadillas, probablemente lleve 15 años trabajando en el mismo lugar, noche tras noche, sin descanso alguno. En un principio lo hizo para alimentar a su familia, ya que su esposo había sido despedido de la fábrica por un delito que él no cometió. Este incidente lo condujo al alcohol, al poco tiempo abandonó a su familia que no volvió a saber de él. Desde ese momento, no quedó otra opción, tenía que alimentar a sus hijos, tenía que salvar a su familia. Pero ahora, 15 años después ya era más que una obligación, ya era su vida, algo que la hacía sentir completa, jamás lo podría dejar.

El cuello me empezaba a doler, y me vi forzada a voltear hacia adelante. Una luz muy brillante me pegó en los ojos y cuando desapareció estaba viendo al espejo, en donde se reflejaba el callado conductor. Decidí observar con detenimiento aquel reflejo, no podía ver los ojos ya que los lentes brillaban con las luces de fuera, pero su mirada estaba fija al frente, de eso no tengo ninguna duda. Él es parte del sustento familiar, su esposa es maestra de primaria muy cerca de su hogar. Tiene un hijo, no, dos hijos, de 13 y 10. A los dos les gusta el fútbol y esperan que algún día su papá llegue a jugar con ellos. Pero él es un hombre dedicado y trabajador, no hay mucho tiempo para juegos y esas cosas, hay que trabajar y trabajar bien. Sin embargo, sueña con un día retirarse y llevar a su familia de viaje, a donde sea, lejos, lejos de esta mefítica y dura ciudad. Algún día, pronto tal vez..

El camino se hacía largo aunque la distancia era corta. Traté de asomarme al taximetro... $30... Nada mal.

Después de un café y una plática es hora de regresar. Caminando veo a un grupo de señores platicando y poco más adelante un hombre tirado en la calle... decidí caminar un poco más rápido. Otra vez las luces y el reflejo del vidrio hacen las cosas difíciles pero fue muy claro lo que vi, una cara conocida, una historia que ya me sabía. Una ola de recuerdos se apoderó de mí, al mismo tiempo que un escalofrío recorría mi cuerpo. Parecían años desde la última vez que vi esa cara, un recuerdo tan lejano, recuerdos que a pesar de ser parte de mí, pareciera que se esfumaran con cada respiro. Ahora casi son recuerdos de otra vida, de un universo paralelo. Pero ya que importa. Lo importante son las historias que contamos al final y las historias que encontramos, porque en cada esquina hay una persona con algo que contar, con un pasado que descubrir. Sólo es cosa de saber escuchar, pero más importante, saber observar.