3 de febrero de 2009

De Herencias

Siempre me han dicho que me parezco a mi mamá. Que tengo sus facciones y el color de uno de sus ojos. Unos cuantos dicen que soy como mi papá, que tengo ese sentido del humor extraño que no todo el mundo entiende. Todos nos limitamos a encontrar parecidos con los padres, como si ahí se acabara la historia, pero la genética y la herencia van mucho más allá, como pude comprobar hoy.

Al verla, pude identificar varias cosas que alguna vez noté en mi. Las manos nerviosas descansan sobre el regazo mientras juegan con sus anillos y uñas. Los ojos, esos ojos que cambian de color con la luz del sol al igual que los míos, luchan contra las lágrimas que se acumulan y nublan la mirada fija. Finalmente una lágrima corre por su mejilla ligeramente rosada, antes que la siguiente pueda salir, toma un pañuelo. Su boca reprime los temblores que preceden al llanto, todo su ser lucha contra él. De vez en cuando baja la mirada, tal vez esperando que al hacerlo las lágrimas se arrepientan y vuelvan al lugar donde se originaron, tal vez al estómago, a la garganta e incluso al fondo de su corazón. Se lo que siente, algo dentro de ella le ordena a buscar algo que pueda romper esa horrible tensión, algo que sirva para sacar una sonrisa, una pequeña y discreta carcajada. Algo tiene que servir.

Mientras veo esta escena a detalle, algo dentro de mi se estremece, tal vez sean mis genes, quienes identifican cada uno de estos movimientos como propios. Sus manos son las mías, sus ojos son los míos. No me queda duda de dónde vengo. Ahora entiendo.