Silencio. Sólo el sonido del viento rompe la quietud y tranquilidad del momento. El pelo cae sobre mi cara sin cuidado alguno, pero la única vista que bloquea es la del cielo azul y despejado, no puedo ver nada más. Cierro los ojos. Al abrirlos me encuentro en una playa, puedo sentir la arena y el agua debajo de mis pies. El viento sigue soplando y me he rendido con el pelo, sólo dejo que caiga desordenadamente sobre mi cara y hombros.
Después de escuchar al viento y mar hablarme decido caminar un poco. Mis pies parecen saber hacia donde se dirigen, y al caminar parece que flotaran sobre la playa. El mar me sigue hablando, susurra cosas y tengo que escuchar con cuidado para no perder ni un sólo detalle. Pero no logro entender, ni siquiera logro escuchar. Dentro de mi cabeza millones de ruidos me invaden poco a poco, pensamientos, remordimientos, recuerdos, esperanzas, críticas, desilusiones, ilusiones, dificultades... No puedo. Me estoy sofocando.
Mis pies empiezan a pesar y de pronto me encuentro hundida en la arena, me estoy ahogando, ya no puedo respirar. Todo se vuelve negro.
Los pensamiento se aferran a mi, no los puedo arrancar. Por más que intento siguen ahí, no me dejan caminar, no me dejan seguir. Basta. Tengo que seguir, tengo que caminar, tengo que respirar. No es difícil, recuerdo cómo hacerlo, yo puedo, sé que puedo, tengo que poder.
Duele deshacerse de este peso, no entiendo por qué. Simplemente nos estorba, no debería estar ahí, no debería ser complicado. Sin embargo lo es, duele arrancar pedazos de vida, duele olvidar, duele seguir adelante.
Al ir arrancando estos pedazos, una lágrima escurre por mi mejilla. Luego otra, y otra y otra. Valdrá la pena.
Silencio. Esta vez el único sonido es el de mi respiración. Poco a poco la luz vuelve a aparecer junto con los colores. El aire regresa a mis pulmones y el vacío que sentía se empieza a llenar. Nos e que sea exactamente pero me siento... viva. Más que eso me siento libre. Sí, eso es, libertad. Ya no tengo nada que perder. Ahora toca vivir.